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Pablo

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Los mundos de Pablo

Tengo un espacio??
6/13/2007

Amor de tarde

Es una lástima que no estés conmigo
cuando miro el reloj y son las cuatro
y acabo la planilla y pienso diez minutos
y estiro las piernas como todas las tardes
y hago así con los hombros para aflojar la espalda
y me doblo los dedos y les saco mentiras.

Es una lástima que no estés conmigo
cuando miro el reloj y son las cinco
y soy una manija que calcula intereses
o dos manos que saltan sobre cuarenta teclas
o un oído que escucha como ladra el teléfono
o un tipo que hace números y les saca verdades.

Es una lástima que no estés conmigo
cuando miro el reloj y son las seis.
Podrías acercarte de sorpresa
y decirme "¿Qué tal?" y quedaríamos
yo con la mancha roja de tus labios
tú con el tizne azul de mi carbónico.

Mario Benedetti.                 

5/30/2007

Magia.

Escobas, varitas, hechizos, pócimas, brujas, gatos negros, calderos, polvo de hadas, magos, abracadabra, hada madrina, gorros de punta, poderes mágicos, encantamientos, transformaciones, alas, patas de cabra…

La magia está por todas partes… en el cosquilleo de una bebida con burbujas… en un atardecer… en las estrellas fugaces… en la luna llena… en una canción especial… en una tarde con chocolate caliente… en el instante antes de un beso… en el olor del mar… en lo que hay cuando te miro… en verte sonreír…

Magia es tocar un sueño… crear ilusiones y esperanzas… enseñar fantasías… la magia, la autentica magia, se encuentra en las ilusiones, las pequeñas cosas, las que se pueden hacer realidad, haciéndonos felices…

 
(ANONIMO).
5/11/2007

Cartas de amor de Ismael Serrano

Ellos se conocieron por casualidad, que es como se suelen encontrar los grandes amores, casi siempre por casualidad, por una llamada equivocada, por un encuentro fortuito. A ellos lo que les paso fue que él había quedado en aquel café con una persona que no vino, y claro, la vio a ella sentada en la mesa del café, radiante, así que, harto de esperar no se cortó un pelo y dijo:

- “Bueno, ya que he venido hasta aquí, no puedo desaprovechar esta ocasión”.

Se acercó a la mesa y dijo:

- “¿Me permite?”
- “Por supuesto”

Esto sólo suele pasar en las historias que te cuentan otros, nunca en la vida real, por lo general cuando dices:

- “¿Me permites?”, dicen
-“ ¿De qué?”

A lo mejor ella estaba esperando a alguien que tampoco vino, quién sabe, yo qué sé, habrá que inventar otra historia en la que ella le dice “¿De qué?”, en este caso ella lo invito a él para que se sentase, y él se sentó. Y claro, no había de que hablar, y:

-“¿y qué lees?”

Lo malo fue que él no había leído nada del escritor que ella estaba leyendo, y ya mal, empezamos mal, muy mal, por ahí no.

-“Pues bonito día”

Pero enseguida empezaron a profundizar, por que ella dijo:

-“Sí la verdad es que hace un bonito día”

Y aunque no lo hiciera. Pero poco a poco él fue venciendo esa timidez que le caracteriza y fueron profundizando. Al principio él para llamar su atención contó alguna mentira, que si era escritor, luego reconoció que nunca le habían publicado nada, pero eso vino más tarde, cuando ya se conocían más, cuando pasaron del café a la habana con coca cola.

Por entonces ya estaban descubriendo que tenían más afinidades de las que pensaban al principio, y compartían gustos cinematográficos, y por eso fue que él le dijo:

- “Oye, y si vamos a ver esta, ¿has visto La vida es bella?” y ella:
- “No”,
- “Oye, quedamos el fin de semana”,
- “Vale”.

Y aquel fin de semana pues, yo no sé muy bien si para sorprenderla o no, pero el caso es que él rompía a llorar en cada escena en la que salía el chaval pequeño, esto a ella le enterneció, yo quiero pensar que era de verdad.
Resulta que coincidían en más gustos, y también en los musicales, y le dijo:

- “Oye, este fin de semana toca Ismael Serrano”,
- “Ismael ¿qué?”,
- “Pero a ti, ¿te gustan los cantautores?”,
- “Los de verdad me gustan”.

Pero él le convenció a ella y fueron. Cuando el empezó a cantar aquella de Vértigo, pues se atrevió a cogerle la mano. Y poco a poco se fueron inevitablemente enamorando, pero no por esto de Ismael Serrano, ni por el Vértigo, quizá más por aquello de llorar con La vida es bella.

Una mañana él se levanta y al abrir los ojos se da cuenta de que está perdidamente enamorado de ella, y quedaron entonces en aquel café en el que se conocieron por casualidad. Los momentos importantes suelen coincidir casi siempre en los mismos sitios, no estoy muy seguro de lo que acabo de decir, pero es una buena frase. Pero fue en aquel café en donde ella le dijo:

- “Sabes, creo que me tengo que ir durante un tiempo”,
- “Yo te iba a decir casi lo contrario, que te quedaras conmigo para toda la vida”, y ella dijo:
-“No te preocupes porque yo estaré esperando el día que vuelva para retomar contigo este camino que emprendimos, además, cada quince días puntualmente te mandaré una carta en la que te contaré todo lo que he hecho, todo lo que siento, todo lo mucho que te echo de menos, y todo lo poco que nos falta para vernos”.

Él dijo que bueno, que vale:

-“Pero que si no te vas casi mejor, ¿no?”.

Pero se fue.

Fue entonces cuando descubrió que aquello no tenía remedio y que estaba perdidamente enamorado, que no había ningún elixir que hiciera que la olvidase, que no era cierto aquello de que un clavo saca otro clavo, que a veces es cierto que los amores a primera vista existen, bueno, ¿es que acaso hay otros?.

A los quince días puntualmente llegó la carta de ella, toda llena de besos y de caricias, de te echo de menos, él lloró, y esta vez era de verdad. Y guardaba las cartas con mucho cariño encima de la mesilla. Pasaron quince días, y otros quince, y otros quince, y otros quince, y las cartas se iban acumulando. Y su vida consistía en esperar a que llegara el decimoquinto día, abrir el buzón y encontrar la carta de amor en la que ella prometía volver, esperar esa carta en la que ella le diría que volvía pronto. Y pasaron años, muchos años, y ya las cartas casi no cabían en la casa, se compró una gran caja fuerte para guardar todas las cartas, porque eran su gran tesoro, porque vivía para leer las cartas que ella le había escrito, porque ella era lo que más quería, y así pasaron creo que diez años, quince, no me acuerdo.

Y un día ella, sin saber como ni porqué, dejó de escribir, y al quince día él se encontró el buzón vacío, y el alma partida en dos.
Ahora solo podía vivir del recuerdo, leyendo las cartas que ella le había escrito con tanto cariño, aquellas cartas eran su mayor tesoro.
Un día él salió de casa, porque tenía que salir, y unos ladrones entraron en su casa. Al ver allí la gran caja fuerte no se lo pensaron dos veces, porque pensaron que debía esconder algún gran tesoro, grandes riquezas, y realmente no era. Y se llevaron la gran caja fuerte.

Imagínate la desolación de nuestro protagonista cuando llega a su casa y se da cuenta que le han robado lo que más quería, lo que le hacía sentirse vivo algunas tardes de domingo cuando no sonaba el jodido teléfono, cuando releía aquellas cartas y aquellas promesas quién sabe si falsas.

Suele pasar que los ladrones son buenas personas, y este era el caso. Pero imagínate la cara de los ladrones cuando abren la caja fuerte y se encuentran montones de cartas de amor, declaraciones imposibles. El jefe de los ladrones se enfadó un poquito, pues la caja pesaba, y llevarla a la guarida no era moco de pavo.

Nuestro hombre vagaba casi moribundo por las calles de su ciudad, con la esperanza de encontrar alguna carta, o a alguien que le hablara de una gran caja fuerte llena de cartas, perdido sin saber ya qué hacer.

El jefe ladrón lo que dijo es que aquellas cartas lo que había que hacer era tirarlas al río o quemarlas, lo que fuera, pero que desaparecieran de inmediato. Pero el más joven de los ladrones era más bueno, y se le ocurrió una gran idea.

Un día, nuestro hombre llegó a casa después de estar buscando toda una tarde, y al abrir el buzón ¿Adivina lo que se encontró?... Una carta. Los ladrones habían decidido mandarle las cartas tal y como ella se las había mandado, puntualmente cada quince días, por riguroso orden.
Ahora él resucitaba con la esperanza de revivir aquellos momentos, aquellos momentos en los que quizá un día leería la carta en la que ella diría:

-“Pronto estaré allí”.

5/1/2007

El amor y la locura

Cuentan que una vez se reunieron en un lugar de la tierra todos los sentimientos y cualidades de los hombres.

Cuando EL ABURRIMIENTO había bostezado por tercera vez, LA LOCURA, como siempre tan loca, les propuso: ¿Jugamos al escondite?

LA INTRIGA levantó la ceja intrigada, y LA CURIOSIDAD, sin poder contenerse preguntó: ¿al escondite? ¿Y cómo es eso?

Es un juego - explicó LA LOCURA- , en que yo me tapo la cara y comienzo a contar desde uno hasta un millón mientras ustedes se esconden, y cuando yo haya terminado de contar, el primero de ustedes que encuentre ocupará mi lugar para continuar el juego.

EL ENTUSIASMO bailó secundado por LA EUFORIA.

LA ALEGRÍA dio tantos saltos que terminó por convencer a LA DUDA, e incluso a la APATÍA, a la que nunca interesaba nada.

Pero no todos quisieron participar, LA VERDAD prefirió no esconderse ¿para qué? Si al final siempre la hallaban, la SOBERBIA opinó que era un juego muy tonto (en el fondo lo que le molestaba era que la idea no hubiese sido de ella) y LA COBARDIA prefirió no arriesgarse...

Uno, dos, tres... comenzó a contar LA LOCURA.

La primera en esconderse fue LA PEREZA, que como siempre se dejó caer tras la primera piedra del camino.

La FE subió al cielo y LA ENVIDIA se escondió tras la sombra del TRIUNFO que con su propio esfuerzo había logrado subir a la copa del árbol más alto.

LA GENEROSIDAD casi no alcanzaba a esconderse, cada sitio que hallaba le parecía maravilloso para alguno de sus amigos ...que si un lago cristalino , ideal para LA BELLEZA, que si la rendija de un árbol, perfecto para LA TIMIDEZ, que si el vuelo de una ráfaga de viento, magnífico para LA LIBERTAD. Así terminó por ocultarse en un rayito de Sol.

EL EGOISMO en cambio encontró un sitio muy bueno desde el principio, ventilado, cómodo... pero sólo para él.
LA MENTIRA se escondió en el fondo de los océanos (mentira, en realidad se escondió detrás del arcoiris) y LA PASIÓN Y EL DESEO en el centro de los volcanes.

EL OLVIDO... se me olvidó donde se escondió...pero eso no es lo importante.

Cuando LA LOCURA contaba 999.999, EL AMOR aún no se había encontrado sitio para esconderse, pues todo se encontraba ocupado...hasta que encontró un rosal y enternecido decidió esconderse entre sus flores.

Un millón, - contó LA LOCURA- y comenzó a buscar.

La primera en aparecer fue LA PEREZA sólo a tres pasos de una piedra.

Después se escuchó a LA FE discutiendo con DIOS en el cielo sobre teología y a LA PASIÓN y EL DESEO los sintió en el vibrar de los volcanes.

En un descuido encontró a LA ENVIDIA y claro, pudo deducir donde estaba EL TRIUNFO.

AL EGOISMO no tuvo ni que buscarlo, el sólo salió de su escondite, había resultado ser un nido de avispas.

De tanto caminar sintió sed y al acercarse al lago descubrió LA BELLEZA y con la DUDA resultó más fácil todavía pues la encontró sentada sobre una cerca sin decidir aún de que lado esconderse.

Así fue encontrando a todos, EL TALENTO entre la hierba fresca, a LA ANGUSTIA en una oscura cueva, a LA MENTIRA detrás del arcoiris (mentira, si ella estaba en el fondo del océano) y hasta EL OLVIDO...que ya se le había olvidado que estaban jugando al escondite, pero sólo EL AMOR no aparecía por ningún sitio, LA LOCURA buscó detrás de cada árbol, cada arroyuelo del planeta, en la cima de las montañas y cuando estaba por darse por vencida divisó un rosal y las rosas... y tomó una horquilla y comenzó a mover las ramas, cuando de pronto un doloroso grito se escuchó. Las espinas había herido en los ojos AL AMOR; LA LOCURA no sabía que hacer para disculparse, lloró, imploró, pidió perdón y hasta prometió ser su lazarillo.

Desde entonces, desde que por primera vez se jugó al escondite en la tierra...


EL AMOR ES CIEGO Y LA LOCURA SIEMPRE LO ACOMPAÑA.

4/18/2007

El principito

Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor. Tengo una seria excusa: esta persona mayor es el mejor amigo que tengo en el mundo. Pero tengo otra excusa: esta persona mayor es capaz de comprenderlo todo, incluso los libros para niños. 

Tengo una tercera excusa todavía: esta persona mayor vive en Francia, donde pasa hambre y frío. Tiene, por consiguiente, una gran necesidad de ser consolada. Si no fueran suficientes todas esas razones, quiero entonces dedicar este libro al niño que fue hace tiempo esta persona mayor. Todas las personas mayores antes han sido niños. (Pero pocas de ellas lo recuerdan). 

Corrijo, por consiguiente, mi dedicatoria:

A LEÓN WERTH
cuando era niño

3/30/2007

Tarifa plana

Quieres que te deje preñá? Me gusta cuando me haces esa pregunta, ya lo sabes tú. Por eso siempre te pido que me la hagas de nuevo, y tú siempre me haces caso y la repites. ¿Quieres que te deje preñá? Y es justo esa palabra que usas para decirlo, preñá, y el tono de taxista de Andalucía profunda que utilizas lo que más me gusta y me hace reír.

No es una palabra que vaya bien con tu forma de hablar, además los dos sabemos que no queremos más hijos. Ya lo hemos hablado. Pero quizá es por eso por lo que me gusta tanto que me lo preguntes. Porque me hace pensar que tú podrías dejarme así, Luis, aunque nunca vayas a hacerlo, aunque sea imposible por teléfono. Pero podrías.

Es temprano y sé que en un rato me vas a llamar. Por las mañanas siempre me llamas tú, cuando te despiertas, que suele ser tardísimo. Es a la hora en que casi todo el mundo está comiendo ya, cuando los restaurantes se llenan de gente y en los poros de las chicas que trabajan en las hamburgueserías empiezan a asomar las primeras gotas de sudor, un sudor que se parece un poco al rocío de un amanecer pero que es más triste que el amanecer de verdad, porque está rodeado de tubos digestivos y de sabor a patata frita. Tú te despiertas cuando las personas están contando sus monedas para pagar un Cheeseburguer, cuando las calles están llenas de esa mezcla de olor a comida y dinero.

Yo te pregunto si te acabas de levantar y siempre dices que no, que hace un rato que estás dando vueltas por la casa pero yo sé que es mentira, que te da vergüenza que yo sepa que no madrugas. Reconozco tu voz de recién levantado, tu voz apática de mano que revisa en un monedero cuando ya sabe que está vacío. Porque para ti empezar un día es arrastrarlo como si fuera un grillete de los que usan los presos, un grillete cuyo peso sabes tú de memoria. Luego reconoces que te quedaste trabajando hasta tarde, que no podías dormir, que se te acabaron los cigarrillos y estuviste a punto de morirte, porque había empezado de nuevo ese dolor en el hombro que siempre relacionas con un infarto. O que te bebiste media botella de ginebra y estuviste las horas siguientes vomitando, para que yo te regañe un poco. Pero sólo un poco, porque cualquier cosa que hagas ya me parece menos grave que lo que vi en mi sueño de hace dos noches, un sueño en el que tú bebías de una bombona de butano como si se tratara de un biberón. Las llamadas de la mañana son casi de hospital, de primeros auxilios para que confirme que sigues entero, para auscultarte. Me llamas para que te rescate del infierno que es para ti la noche, de las historias que escuchas en los programas de radio que cuentan los que tampoco pueden dormirse.

La llamada de la tarde, en cambio, siempre la hace el que más solo se encuentre en ese momento. Nuestra soledad es una goma con la que juegan las niñas en el parque, estirando una de cada lado. Es una soledad que unas veces se tensa más de un lado y otras de otro, pero es la misma. En realidad, la de la tarde no era una llamada acordada, en principio no entraba en los planes pero la fuimos adoptando poco a poco hasta que la hicimos nuestra. Es la llamada en la que después de hablar yo contigo, se suelen poner las niñas. A ti te gusta que la pequeña te diga que eres el más guapo del espacio, de los alienígenas y de la telefónica, y de todos los espejos del mundo. A veces jugáis al veo-veo por teléfono, ella pone el manos libres y yo os escucho desde mi cuarto. Es tan bonita la mezcla de tu voz ronca y su voz suave, que siempre me viene a la cabeza una pluma de paloma que vi posada hace poco sobre el asfalto fresco, (no te lo he dicho, pero han asfaltado por fin nuestra calle). La pluma se había quedado allí quieta, enganchada en lo áspero.

Por las noches siempre te llamó yo, para que el timbre del teléfono no despierte a las niñas, que suelen estar acostadas. Porque es un timbre que hace enfadar, irritante, de dedo que se mete en el ojo. La casa tiene un silencio a esas horas que no tiene en todo el día. Se queda muda la casa pero también alerta, con su montón de orejas levantadas. A punto de ladrar pero sin llegar a ladrar, porque las casas ladran y estornudan, sobre todo cuando hay tormenta. Yo he oído a nuestra casa estornudar cuando salía para hacer la compra, pero no me quise dar la vuelta. Luego vi que había estado por allí el barrendero con su escobón levantando el polvo, y lo entendí. Por todo eso, por las niñas y porque la casa es una vida más que protesta, me he enfadado cuando alguna noche se te ha ocurrido llamarme, me he enfadado tanto que no has vuelto a hacerlo nunca más. Suelo llamarte yo cuando he terminado de estudiar, me he puesto el pijama y me he lavado los dientes, para que al colgar pueda entrar de un salto en la cama y analizar todo lo que me has dicho. Porque en mi cama, bajo las mantas, mi cabeza se convierte en una oficina de correos donde se clasifica todo.

Siempre soy yo la primera que tiene ganas de despedirse, pero no porque no me guste hablar contigo, sino porque me da sueño y mi teléfono no es inalámbrico como el tuyo, que te permite cocinar a la vez que hablas, batir unos huevos y hasta fregar los platos. Llevarme contigo a donde quieras. Yo tengo que estar clavada en el pasillo, con el frío que hace. Y la verdad es que cuesta despedirse de ti, encontrar esa última palabra que nos deje satisfechos a los dos hasta el día siguiente, el tono justo de cariño porque un tono menor podría dejarnos pensando toda la noche en que las cosas ya no son como antes. Porque yo creo que eso es lo que más nos asusta, que algún día ya no nos apetezca hablar, que nos cansemos de que nuestra relación tenga que ser así, por teléfono. Tres veces al día como el antibiótico. Que ya no nos interese aprovechar la tarifa plana que tú siempre has defendido, y a la que yo tenía miedo de meter en casa porque su nombre, tarifa plana, me traía a la cabeza una pista amarilla de patinaje en la que íbamos a dar vueltas tú y yo. Con niebla y solos.

Pero hay algo que no te he contado por teléfono, Luis. Porque contártelo era importante pero a la vez no, como la flor pequeñita que viene cosida de adorno en la parte delantera de la ropa interior, que la puedes dejar o quitar; lo que tú quieras que no pasa nada. Y que tú sepas esto tampoco va a cambiar nada, quizá sólo te deje un poco más triste. ¿Te acuerdas que siempre me quejaba de que me dolía un oído cuando llevábamos mucho rato hablando? Tú decías que era una excusa para colgarte ya, pero no. Me dolía por dentro, como si tus palabras se fueran poniendo en fila una tras otra y formaran una aguja que me pinchara cada vez más. El caso es que consulté al médico y después de hacer algunas pruebas, me ha dicho que tengo otosclerosis, que es una enfermedad en la que los nervios del oído se van durmiendo poco a poco, y también el hueso. Dice que oigo la mitad de lo que debería oír, pero yo no lo sabía, y dice que a la larga es posible que deje de oír por completo. Pero también dice que se puede operar el hueso, o poner un aparato de los que llevan las personas mayores que parece una garrapata enorme. ¿Te imaginas? Siempre que vi a un sordo leyendo en los labios de alguien, me venía a la cabeza un puñado de harina blanca que se deja caer entre los dedos, una harina que se va posando en el suelo sin hacer ruido. Porque a los sordos las palabras se les convierten en harina que cae sin ruido.

Pero yo no quiero ser sorda, yo lo que sea con tal de que podamos seguir hablando, porque esto de los oídos dormidos no me ha gustado nada. Me he imaginado a mis dos oídos compartiendo la misma cama que tú y yo no compartimos, de espaldas a nosotros abrazados tan a gusto, encajados en sus propios pliegues, y nosotros sin poder escucharnos en nuestras tres llamadas al día.

Nota: Carta ganadora del VI Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor
9/26/2006

Feliz San Valentín

¡Hola mi amor!

             ¿Qué tal estás? Yo muy muy feliz, gracias a que por una vez hemos decidido arriesgarnos, ya era hora ¿no? Ahora vienen a mi memoria muchos recuerdos bonitos, y otros no tanto, pero lo más importante es que son junto a la persona más maravillosa de mi vida, tú! Me faltan palabras para decirte todo lo que me gustaría, y no me es nada fácil decir lo mucho que te quiero, me asusta y lo sabes. Desde hace mucho somos buenos amigos, aunque ahora el pasado no tiene importancia para mí, solo pienso en el futuro, un futuro en el que tú y yo estemos juntos, en el que por fin seamos felices…

             Sabes de sobra todo cuanto siento por ti, a pesar de que te cueste tanto creerlo, es cierto, nunca antes le he dicho a nadie con tanta seguridad y rapidez que lo quiero, contigo todo es diferente, y sé que tarde o temprano acabarás creyendo lo que tanto te cuesta. Pensé que esto nunca pasaría, que seguiríamos igual que siempre, impidiendo lo que inevitablemente pasaría, porque ambos aunque no quisiéramos reconocerlo, lo sabíamos, sabíamos que teníamos que intentarlo, y que para conseguir lo que tanto deseamos no había que esperar más. Una vez que esto ha pasado, por fin puedo decir que soy feliz, porque estoy con el chico con el que tantas noches soñé, el chico que hace que cada día sea especial, el chico con el que deseo estar y que poco a poco me ha ido llenando de ilusión…Has hecho que tenga un gran motivo por el que levantarme cada mañana, y ese motivo eres tú y el amor que has despertado en mí.

             Ya me despido, aunque no me gustan las despedidas, pero esto no es una adiós, es un continuará porque todavía nos queda mucho  que vivir juntos, esto no es el fin, porque por mucho que intentara buscarlo no lo encontraría. Recuerda que por muchas cosas que pasen y por mucho tiempo o distancia que nos separen, te querré   y te tendré en mi corazoncito pues eres lo que yo más quiero en el mundo.

8/30/2006

Bienes comunes

Estimada Cristina:
Ayer recibí una misiva de tu abogado donde me invitaba a enumerar los bienes comunes, con el fin de comenzar el proceso de disolución de nuestro vínculo matrimonial. A continuación te remito dicha lista, para que puedas solicitar la certificación al Notario y tener listos todos los escritos antes de la comparecencia ante el tribunal.

Como verás, he dividido la lista en dos partes. Básicamente, un apartado con las cosas de nuestros cinco años de matrimonio con las que me gustaría quedarme y otra con las que te puedes quedar tú. Para cualquier duda o comentario, ya sabes que puedes llamarme al teléfono de la oficina (de ocho a cuatro) o al móvil (hasta las once) y estaré encantado de repasar la lista contigo.


Cosas a conservar:

- La carne de gallina que salpicó mis antebrazos cuando te vi por primera vez en la oficina.

- El leve rastro de perfume que quedó flotando en el ascensor una mañana, cuando te bajaste en la segunda planta, y yo aún no me atrevía a dirigirte la palabra.

- El movimiento de cabeza con el que aceptaste mi invitación a cenar.

- La mancha de rimel que dejaste en mi almohada la noche que por fin dormimos juntos.

- La promesa de que yo sería el único que besaría la constelación de pecas de tu pecho.

- El mordisco que dejé en tu hombro y tuviste que disimular con maquillaje porque tu vestido de novia tenía un escote de palabra de honor.

- Las gotas de lluvia que se enredaron en tu pelo durante nuestra luna de miel en Londres.

- Todas las horas que pasamos mirándonos, besándonos, hablando y tocándonos. (También las horas que pasé simplemente soñando o pensando en ti).


Cosas que puedes conservar tú:

- Los silencios.

- Aquellos besos tibios y emponzoñados, cuyo ingrediente principal era la rutina.

- El sabor acre de los insultos y reproches.

- La sensación de angustia al estirar la mano por la noche para descubrir que tu lado de la cama estaba vacío.

- Las nauseas que trepaban por mi garganta cada vez que notaba un olor extraño en tu ropa.

- El cosquilleo de mi sangre pudriéndose cada vez que te encerrabas en el baño a hablar por teléfono con él.

- Las lágrimas que me tragué cuando descubrí aquel arañazo ajeno en tu ingle.

- Jorge y Cecilia. Los nombres que nos gustaban para los hijos que nunca llegamos a tener.


Con respecto al resto de objetos que hemos adquirido y compartido durante nuestro matrimonio (el coche, la casa, etc) solo comunicarte que puedes quedártelos todos. Al fin y al cabo solo son eso: objetos.

Por último, recordarte el n º de teléfono de mi abogado (914070485) para que tu letrado pueda contactar con él y ambos se ocupen de presentar el escrito de divorcio para ratificar nuestro convencimiento.

Afectuosamente,

Roberto.



Nota: Ganadora del III Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor.
7/25/2006

Un día soleado parte 2 (soñando)

Estábamos los dos echados en un lugar sin importancia, podría ser en una caleta tan ínfima que solo hubiera cabida para estar los dos solos abrazados, o tal vez en algún lugar perdido en lo alto de Los Andes donde nadie pudiera encontrarnos, no me importaba el lugar, no me importaba si habían un millón de estrellas o solo una, no me importaba nada, sólo quería mirarte, tenerte entre mis brazo sin decirnos nada, acariciar todo tu cuerpo y esperar que un impulso nos funda en un loco y apasionado beso y caer rendidos amándonos, amándonos toda la noche hasta que la luz del amanecer me devuelva al triste día de la vigilia donde no te tengo.

7/24/2006

Un día soleado...

Son las 03:00 de la mañana y acabo de llegar a mi casa, llevo todo el día vagando por la calle, buscando esa gota de lluvia que descienda por mi rostro y camufle mis apenadas lágrimas, y es que necesitaba animarme, relajarme e intentar no pensar en ti pero lo único que logro, es desearte aun más e imaginar como sería lo nuestro.